Perdiendo el sur.

Le convencí. Le di besos hasta en el alma para convencernos a los dos de que estábamos diseñados para funcionar juntos. Yo quería creerlo, y él empezaba a sospecharlo.

No siempre íbamos en la misma dirección, pero yo siempre quise girar el volante, dar un golpe de efecto y que todo tomara rumbo a nuestro sur particular. Y él decidió seguir el surco de mis pasos, hasta donde yo quisiera.

Cada beso, un futuro juntos. Cada risa, un “quédate”. Cada abrazo, un “estás a salvo”.

Y así, con paciencia y caricias, hice la magia de convencerle. Pero él estuvo desde siempre convencido, y yo solo estaba retándome a ver si por una vez ganaba.

Y me he perdido.

Y te he perdido.

Los números de 2015

Soy muy feliz porque con que una sola persona hubiera leído mis palabras ya hubiera sido suficiente. Y sois muchos los que me habéis dedicado unos minutos. ¡Gracias!

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 320 veces en 2015. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 5 viajes para llevar tantas personas.

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¿Y si no existieran calendarios?

Hace poco más de un mes, hice dos años con mi pareja, cosa que no celebramos. A mí me cuesta verlo con sus ojos, aunque a veces me gustaría tener su claridad. Para él, no había nada que celebrar, dice que es algo tan natural como respirar. Disfrutamos que estamos vivos, pero no cada vez que respiramos. Para él tan solo es un día más compartido, un respiro más.

Desde aquel día, por no celebrar el aniversario me sentía incompleta. Todos los días. Hasta que se hartó.

Se hartó. Y me dijo ‘yo el aniversario contigo lo celebré ayer’. 

Golpe de realidad y efecto. Ayer no habíamos hecho nada especial, a parte de reír. Y me dio qué pensar. Y me abrió los ojos.

Mi ideario

Por eso hoy, celebro la pizza número treinta y dos que cocinamos en tu casa. De paquete y nos creemos Arguiñano. La tercera, por lo menos, que se nos quema. También celebro la primera vez que te vi en la cocina e imaginé una vida a tu lado.

Celebro la película número veinticinco en la que nos ponemos de acuerdo para que no sea ni de coches ni de amor. Celebro la décima vez que me quedo dormida a tu lado antes de tener que irme porque se me ha hecho tarde.

Sesenta veces van que inicias una caricia en mi pelo y te obligo a que sigas, eso también es motivo de celebración. He vencido. Celebro el beso número setecientos en tu portal y la infinitésima pelea levántate tú, no, te toca a ti. También la guerra en el coche, cuando me suplicas que quite Marea. Lo que celebro es ver luego tu cabeza moviéndose al ritmo de la batería.

Celebro la decimoséptima vez que me dices te quiero y no me lo esperaba, porque se te escapa de la boca. Celebro el hueco en tu pecho, donde las lágrimas se han hecho risa a base de paciencia.

Celebro nuestra resistencia, nuestra lucha, mi locura, tu coherencia, nuestra negación. Que aún no te has ido, que estás aquí, que era verdad. Que no te irás y que estaré.

Mi niña valiente.

Me gusta la gente fuerte. Y con ello, no me refiero a la gente que no llora, ni a la que no muestra sus sentimientos por miedo a que le descubran. No. Eso sería lo fácil. A mi me gusta la gente que te mira y rompe a llorar porque no tienen miedo de que le vean el alma en los ojos, aunque esté destrozada. Y sin embargo, luego, es capaz de echarse a reír y llenar la habitación con su risa.

Me gusta la gente que dice “te quiero” y no se lo piensa, porque no le pone filtros a sus pensamientos. Aunque, claro, que no se lo diga a todo el mundo porque su querer es selecto y por eso sabes que es de verdad. Me gusta la gente que dice “te necesito” porque tienen el valor de asumir que la soledad no está hecha para ella en ese momento. Me gusta la gente que es como un terremoto, que llega y te sacude la vida, y también las penas. Me gusta esa gente que es una explosión de emociones.

Ponerle filtros a tu verdad no es ser fuerte, es ser cobarde. Porque cuando te dejas ser quien necesitas ser en ese momento, estás subiendo el peldaño hacia un nuevo tú, más invencible, increíble e insuperable.

Y por todo ello, estoy orgullosa de ti, mi niña valiente.

Sin pretensiones.

Con el pelo alborotado, de esa forma que lo llevas cuando sabes que no habrá un qué dirán. Con las ojeras hasta el suelo y la mirada perdida en ese juego de colores y sonidos, él me miraba. Me miraba como si me viera por primera vez.

Diría que lo sentí y mentiría. No era consciente del mundo a mi alrededor, solo silencio. Pero cuando busqué su mirada, él ya tenía cogido un sitio fijo en mis ojos y no apartó la vista, aún sabiendo que lo había encontrado mirándome, pero por primera vez. Desarraigo

Ayer.

Te mereces palabras que arañen y que curen heridas al mismo tiempo. Que te duelan. Porque me has besado sin morderme la boca, sin rozar mis labios. Te mereces que te duelan por todas esas veces en las que tus susurros no me hacían cosquillas en el oído.

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Que te desgarren como a mi el alma cuando golpeabas mis sentimientos con la misma fiereza con la que tocabas las cuerdas de tu guitarra cuando la canción estaba ya a punto de morir. Y sin tocarme, acertaste con la tecla que arrancaba un llanto más encogido que el de ese niño que nunca pudo ir a Disneyland. Ojalá que te queme, te arañe, te desgarre y te duelan todas mis letras porque, sin empujarme, siempre has sabido tirarme al vacío. Y qué desfachatez, todo eso sin ni siquiera tocarme.
Pero también, ojalá que te curen heridas, como una buena copa de ese ron que tanto te gustaba, que me contabas que te sanaba por dentro. Y a mí también, porque luego tu inconsciente, tranquilo, olvidando las heridas y todos los frentes que tenías abiertos, te habría llevado hasta el nido de mis brazos. Pero tú nunca acabaste entre ellos, quizás porque nunca dejaste que tu inconsciente descansase.
Te mereces que mis palabras te curen porque me hiciste soñar sin moverme de mi habitación. Me hiciste soñar simplemente con clavar tus pupilas en mi retina. Porque me estremeciste sin querer, y queriendo me electrificaste sin la necesidad de la fricción y sin esas que llaman leyes de la física.
Espero que te curen todas y cada una de tus heridas de guerras pasadas, porque una persona como tú no puede tener tantas batallas en el corazón y tan pocos besos dibujando en el mapa de tu espalda la constelación de tus lunares. Porque un corazón como el tuyo necesita más que balas y pólvora para vivir. Tú, que me hiciste reír hasta límites que se escapan de lo imaginable, te mereces que mis palabras te cicatricen todos los arañazos que nos hicimos al gritar, porque desde entonces mataría a cualquiera que intentase abrirte un solo rasguño más.
No necesitábamos el roce de los cuerpos cuando la conexión fue tan fuerte que nunca nos dejó dormir.

Autodedicatoria

Me gusta imaginar que soy esa de la que habla la canción. Y lo imagino y te siento cerca, como si fueras tú quien desgarra cada una de esas letras para mí.

Pero me conformaré con ese verso, aquel que no dices. Me basta con saber que soy para ti todas las canciones que no hablan de mí.

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Te tienen miedo.

Que no te engañen. A ti no te odian, a ti lo que te tienen es miedo, porque saben que no pueden contigo. Lo que pasa es que saben que sigues adelante, pase lo que pase, contra viento y siempre con la Marea, que no hay nade que pueda pararte cuando quieres llegar, ni nadie que pueda amarrarte al suelo y cortarte las alas.

Porque eres invencible. Porque siempre buscas el escalón que viene detrás del que estás pisando, aunque la gente piense que esa era la meta. Porque siempre quieres más, porque sabes que puedes alcanzarlo. Porque eres fuerte.

A ti es cierto que te odian, porque eres inteligente, porque tienes un cerebro que vale el peso del mundo en oro. A ti te odian porque tu risa es la música hecha perfección. Porque hasta a la Primavera le entran ganas de florecer cuando te escucha reír. Te odian porque tienes la chispa que ni Coca Cola ha conseguido con su fórmula secreta, porque eres original.

Te odian porque tienes inteligencia, chispa y belleza. Belleza en su más amplia definición. Porque tus ojos son dos profundidades de belleza y tu cara una escultura de Bernini. Tu pelo, seda pura y tu piel de marfil.

Te odian porque la gente no puede evitar amarte, porque eres buena y pura. Porque eres de alma blanca, de las que no pueden hacer daño. Porque eres distinta y quizás debería sentirme culpable, porque siempre pedí que no fueras como ellos, que están rotos por dentro. Que fueras tú. Y estoy orgullosa de ti, porque eres única. No eres como los demás.

Te odian, pero tan solo porque te tienen miedo. Porque eres todo lo que ellos quieren ser y no pueden. Porque eres imparable e impresionante.

Prólogo de El Arte de Julio Figueroa, por Marina Benítez.

Tras muchos meses pensando qué decir sobre El arte de Julio, he decidido que lo mejor es sentarme delante del folio en blanco y empezar a garabatear en él, porque, al fin y al cabo, nada de lo que pueda escribir sobre este libro va a hacerle justicia. Ojalá algún día pueda hacer algo que se ajuste a la altura de su métrica.

Julio es historia viva de España, el poeta silencioso. El que tiene repartidos pergaminos de una punta a otra de la península con los poemas más variopintos que se puedan imaginar. Solo él es capaz de hacerle un poema a un bar de barrio donde su corazón bohemio es capaz de encontrar esa pizca de encanto que busca. Y eso, señores, es arte: ver lo que los demás no vemos a no ser que nos lo señalen. Imaginar aquello que nadie se atrevería a soñar. Recuerdo a mis padres hablando de toros en el cielo una y otra vez. Por fin lo he podido leer. Solo él podría haberlo escrito con su peculiar verso, ese que lleva su sello. Cualquiera que haya leído más de dos poemas suyos podría reconocerlo, porque es él la poesía.

Pero Julio me ha pedido que os hable de El arte, título de este poemario que tengo el placer de introducir, y qué gran título. No podía haberlo elegido mejor, porque mi amigo Julio Figueroa sabe que el arte no es solo poesía o pintura. Él sabe que no se encuentra solo en los ojos del Señor de los Gitanos o a las plantas del Señor del Gran Poder. No, ni siquiera ahí deja de reconocer ese arte que era un baile de la anárquica Trini España, ese arte que era su temperamento sobre las tablas, o su hermana Carmen España, que es arte de los pies a la cabeza. Pero es que él es capaz de verlo en un paseo mirando a las estrellas, como abre este poemario, o en un perro con el que se encariña en su Rincón de la Victoria. Pa’ qué deciros más, negociar en el rastro de su natal Madrid está incluido en El arte.

Pero donde Julio roza mi sensibilidad es hablando de los artistas, de los poetas, pintores, cantantes y actrices, y por qué no, taberneros (porque a veces hay que tener mucho arte para llevar un bar con encanto). Y es que no sé, será mi amor por Antonio Machado o mi pasión por la persona de Federico García Lorca. Serán quizás mis anhelos de libertad, mi obsesión por ser una golondrina de la imaginación de Bécquer lo que hizo que el tacto de Julio dibujando historias con sus palabras llegase a todos mis sentidos. Porque además, nadie como un poeta podrá jamás gritar en contra de la guerra, como lo hizo Miguel Hernández. Será quizás que siempre he querido quitarme un guante con la elegancia de Gilda, o tener un lunar tan espectacular como el de Marilyn Monroe. Siempre he admirado esos pequeños detalles que le dan sabor a la vida y que Julio sabe llevar a la perfecta expresión artística.

Tras muchas charlas con él, porque puedo presumir de conocerlo gracias a mis padres y mucho traqueteo de folio arriba, folio abajo, puedo decir que de él he aprendido sobre la gente que me rodea más que de lo que veo por mí misma. Ahora veo a esa gente que salió de las penurias de la posguerra con arte y ahora lucen una sonrisa.

Un poemario para los que vivieron aquellos días de miseria, para no olvidar de dónde venimos. Un poemario para todo aquel que se sienta un poco vivo, donde lo más insignificante es digno de tener un poema. Ya solo me queda decir, y esta es mi opinión, que de mayor querría ser la mitad de lo que es Julio Figueroa.

¡Disfrútenlo!

Marina Benítez.